Competirán, sobre todo, por las personas. Cómo retener el talento
Cada semana conversamos con empresarios de sectores muy distintos.
Y existe una frase que se repite casi siempre.
«Cuesta mucho encontrar gente que quiera trabajar.»
Probablemente tienes razón.
Encontrar buenos profesionales es cada vez más difícil.
Personas responsables. Comprometidas. Con iniciativa. Que cuiden a los clientes como si fueran suyos. Que sientan la empresa como propia. Que quieran crecer.
Todo esto cuesta. Y mucho.
Pero después de más de cuarenta años junto a empresas familiares, nos hemos acostumbrado a hacer otra pregunta. Una pregunta que casi nunca aparece en esa primera conversación.
Cuando finalmente encuentras a una buena persona… ¿qué haces para que quiera quedarse?
Vivimos en un momento en el que todas las empresas compiten por los mismos clientes. Invierten en marketing, tecnología, procesos, eficiencia e innovación. Todo esto es necesario.
Pero existe una competencia mucho más silenciosa.
La competencia por el talento.
Y ésta no se gana sólo con una oferta de trabajo.
Se gana todos los días.
En la forma de dirigir.
En la forma de escuchar.
En la forma de reconocer.
En la forma de confiar.
Nos hemos acostumbrado a hablar mucho de captar talento.
Pero muy poco conservarlo.
Y, sin embargo, retener a una buena persona suele ser infinitamente más rentable que tener que buscar una nueva.
Porque cuando un buen profesional se marcha, no sólo se marcha una nómina.
Marcha experiencia.
Marcha conocimiento.
Se marcha la confianza construida con los clientes.
Marcha una forma de hacer.
Marcha una parte de la cultura de la empresa.
Y esto no aparece reflejado en ninguna cuenta de pérdidas y ganancias.
Es curioso.
Muchas empresas invierten miles de euros al año para captar nuevos clientes.
Pero les cuesta mucho más invertir en las personas que hacen posible que estos clientes sigan llegando.
Quizás porque durante muchos años nos han enseñado que el coste laboral es un gasto a controlar.
Nosotros preferimos verlo de otra forma.
Las personas no son un gasto de la cuenta de resultados. Son la inversión más rentable que puede realizar una empresa.
Durante décadas se ha dirigido desde el control.
Cuantas más horas mejor.
A mayor presencia, mejor.
Cuanto más jerarquía, mejor.
Cuanto más órdenes, mejor.
Pero el mundo ha cambiado.
Hoy, las personas no buscan únicamente un salario.
Buscan confianza.
Buscan respeto.
Buscan autonomía.
Buscan aprender.
Buscan sentir que su opinión cuenta.
Buscan saber que el esfuerzo que realizan cada día tiene sentido.
Y esto no significa perder autoridad.
Significa ganar compromiso.
Porque hay una idea que a menudo olvidamos.
El compromiso no puede exigirse. Se construye.
Muchos empresarios nos cuentan que les gustaría tener trabajadores más implicados.
Y es una preocupación legítima.
Pero quizás también vale la pena formularse otra pregunta.
¿Una persona puede implicarse de verdad en un proyecto si siente que es fácilmente sustituible?
¿Puede sentirse orgullosa de su trabajo si sólo recibe comentarios cuando algo no sale bien?
¿Puede dar lo mejor de sí misma si alguna vez se le reconoce el esfuerzo?
¿Puede crecer si nadie apuesta por su desarrollo?
Quizá cuidar a un equipo no empieza con una subida de sueldo.
Quizás empieza mucho antes.
Escuchando.
Explicando el porqué de las decisiones.
Reconociendo los aciertos.
Permitiendo equivocarse.
Dando autonomía.
Confiando.
Porque hay una diferencia enorme entre trabajar por una empresa… y sentir que formas parte de ella.
Cada año revisamos los balances. Los márgenes. La tesorería. La rentabilidad. Los impuestos.
Todo esto es imprescindible.
Pero existe un indicador que no aparece en ningún informe contable.
Las ganas con las que un equipo entra a trabajar un lunes por la mañana.
Y, curiosamente, este indicador acaba influyendo en todos los demás. Una empresa con personas motivadas innova más.
Atiende mejor a los clientes.
Comete menos errores.
Retiene el conocimiento.
Crece de forma más sólida.
Y acaba obteniendo mejores resultados.
No porque sea una idea romántica. Sino porque es una buena estrategia empresarial.
Durante muchos años se ha hablado mucho de maximizar beneficios. Y los beneficios son imprescindibles.
Sin beneficios no existe inversión. No hay empleo. No hay futuro.
Pero quizás ha llegado el momento de entender que el beneficio no debería ser el único indicador de éxito.
Porque hay empresas que facturan mucho… y se vacían por dentro.
Pierden talento.
Pierden ilusión.
Pierden cultura.
Y, tarde o temprano, también terminan perdiendo competitividad.
Las empresas más admiradas del futuro no serán necesariamente las que más facturen.
Serán aquellas capaces de crear sitios donde las personas quieran quedarse.
Donde puedan crecer.
Donde se sientan respetadas.
Donde trabajar no sólo sea una obligación, sino también una oportunidad para desarrollarse.
Después de más de cuarenta años acompañando a empresas familiares, hemos aprendido algo.
Los mejores empresarios que hemos conocido no son los que más controlan. Son los que logran hacer crecer a las personas de su alrededor. Porque han entendido que cuidar a un equipo no es una concesión.
Es una inversión.
No es un gasto.
Es una estrategia.
Y, sobre todo, es una forma de entender la empresa.
Quizás el futuro no pertenece a las empresas que más exigen.
Quizás pertenece a las empresas que consiguen que las personas quieran dar lo mejor de sí mismas.
Y esto no se impone.
No se compra.
No se obliga.
Se construye.
Día tras día.
Persona a persona.
Porque una empresa es mucho más que un balance.
Es la suma de todas las personas que, todas las mañanas, deciden hacerla posible.
Roig & Roig
Desde hace más de cuarenta años acompañamos a empresas. Hemos aprendido a interpretar balances, planificar fiscalmente y resolver conflictos. Pero, sobre todo, hemos aprendido que los mejores resultados económicos suelen llegar a las empresas que primero han decidido cuidar a las personas.
Thaïs Amor
Dirección Estratégica




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